Nocturna
El viento surca la madera que se pudre alrededor de la ventana del gran salón. La ráfaga de viento continua su curso, moviendo las cortinas rotas que cuelgan desde los grandes ventanales. Apenas un poco de luz se alcanza a filtrar. Luego, de vuelta en la oscuridad. La noche está presente dentro de esa sala, y afuera yace la luna, pálida entre el lienzo de nubes que cubren el cielo nocturno. Es una noche despejada, pero al interior de las paredes de aquella mansión derruida no se logra respirar con facilidad. El aire es denso, se ha impregnado con el hedor de la sangre, sangre de las bestias que entre los rincones yacen heridas. El motivo de sus heridas; aquella figura que camina ocultándose en la profundidad de la oscuridad puede ser la respuesta.
Agazapado entre lo que queda de un gran pilar de mármol, partido en un corte descendente casi limpio, se encuentra el cazador. La gran sala la ha dejado atrás, ha dado paso a un espacio más abierto, donde pilares anchos que se podían contar por docenas daban soporte al cielo de aquella estancia. Temblando, oculta su cuerpo entre peñascos de mármol y roca que se hayan destrozados en su entorno. Recupera su arma, una gran guadaña que se hallaba arrojada a unos cuantos metros de él. El movimiento es rápido. Es un cazador que ya ha pasado más de una noche cazando. Pero la criatura tiene sentidos sobrehumanos. No podría haberlo entendido, aunque lo quisiera. Pero eso, lo ve. Reacciona rápido. Es un cazador experimentado, siente ya la presión de la sangre y el impulso homicida que las bestias emanan sin control. Prevé el movimiento de la zarpada y se arroja así mismo en un movimiento rápido hacia las sombras.
La luna se encuentra en lo más alto del firmamento, su luz se filtra de entre el gran agujero que dejo el pilar roto en el cielo del enorme salón. Entonces la figura ahí de pie se hace visible. Era una bestia, sí, pero no era como alguna que hubiese visto con anterioridad el furtivo cazador. Tenía ojos a lo largo de todo su cuerpo y estos miraban en todas las direcciones a una velocidad que el ojo humano solo podría imitar cómicamente antes de sangrar y perder el sentido de la visión para siempre. Aquella figura temblaba parada donde segundos antes el cazador había sangrado las heridas que le había causado el colapso de aquel pilar sobre sí. El cazador miro con una entendible preocupación como aquel ser se aproximaba a la densa sangre que se encontraba derramada. Con lo que parecían ser sus brazos, que recordaban más a los tentáculos de un pulpo, pero repleto de globos oculares, tomo aquel liquido aún cálido por su origen reciente y en lo que podría ser descrito como un instante, los ojos de aquellos tentáculos tomaron una forma como la que adquieren los ojos de un felino que se dilata ante una luz furtiva. Entonces lo vio, y emitió un sonido ensordecedor. O eso creyó el cazador, que con los tímpanos reventados se caía de lado al piso, al tiempo que la criatura se incorporaba en su dirección. Los ojos ahora felinos, demostraban un extraño rasgo de malicia, inteligente, casi humana. Tomo su guadaña sin entender que era arriba o abajo, y con un fino chorro de sangre filtrándose de entre sus orejas, arremetió contra la bestia que había dado un segundo de reacción deleitándose ante la repentina caída del cazador, y no lo iba a desaprovechar.
¿Que dirías que define a una persona como persona? ¿Que la distingue de aquellos horrores que asechan entre lo desconocido de la noche? ¿Es su lucidez? ¿El control que tiene de sí mismo y de lo que hace? Ninguna de aquellas cosas eran las que necesitaba el cazador en ese momento. Fue pura inercia. Se dejo abrazar por lo más básico que tenía, lo único que le quedaba antes de caer herido de muerte por un horror remanente de la más desquiciada fantasía biológica que podría habérsele ocurrido a Dios. Tomo con fuerza su guadaña en el aire y realizo un corte horizontal, buscando distancia entre la bestia y el. Pero la bestia tenía alcance, y se lo dejo notar con un latigazo muy veloz que azoto la coraza ligera de mallas que llevaba el cazador sobre su pecho. La sangre broto, pero había sido lo suficientemente rápido para evitar que el daño fuera tal para inmovilizarlo del dolor. Rojo. Sangre. Dolor. El cazador toma con fuerzas la guadaña que, pasando de largo por el movimiento previo, había alcanzado el rango máximo posible y con la fuerza de la inercia de su súbito movimiento en el sentido contrario, corto hacia delante de manera horizontal. El tentáculo voló hasta chocar contra la otra parte de la sala, y la bestia soltó un alarido tal, que el cazador sin audición logro percibir por sus otros sentidos las ondas que la bestia emitía. Estaba más alerta que nunca.
Sin dar descanso a sí mismo. Apenas toco el suelo con la suela de su zapato, se dio impulso para darle otra arremetida a la bestia, que cegada por el dolor y la súbita pérdida de visión, se había vuelto fuera de si en un ataque de furia donde azotaba su cuerpo contra todas partes. Viéndose ante inminente ráfaga de golpes, y sin posibilidad de maniobrar en el aire, el cazador separo su gran guadaña en dos más pequeñas y comenzó a interceptar los golpes de la bestia en un esfuerzo sobrehumano. Pese a los primeros aciertos, rápidamente la criatura había golpeado más de una docena de veces el cuerpo del cazador. Ocasionándole heridas profundas. El dolor estaba ya alcanzando el umbral de la locura. Era un cazador experimentado, ya había sufrido antes, pero esto era inhumano. Todo su cuerpo le pedía huir. Le gritaba desde cada poro de su piel que la muerte era inminente. Entonces, apareció la rabia roja.
¿Es la vida humana algo tan valioso? ¿Que separa al humano de todos los animales que caza y de los que hace uso de tantas formas? ¿Aquel cazador y aquella criatura eran tan distintas en realidad? Si hubiese habido un testigo, es de dudar que podría responder aquello sin antes pensarlo en profundidad. Quizás luego de algunos minutos de silencio reflexivo, haga gala de su empatía humana, y negando de una forma casi inconsciente todo lo inhumano que pudo haber visto en aquel hombre que se enfronto a la criatura, sentencie su respuesta en una simple frase; Las bestias deben ser cazadas. Y con aquella muletilla, extendida entre las personas durante las largas noches de caza, se justifica el más sórdido de los actos que puede realizar un humano, la completa inmersión en la sangre. ¿En qué sangre? Pues en sangre de bestia. Pero no de aquella que el cazador enfrenta poniendo en riesgo su vida ante mordidas, arañazos, zarpazos o golpes. No, es una bestia mucho más cercana. Una que la gran mayoría del tiempo se haya dócilmente dormida entre nuestras memorias primigenias, esas que todo humano comparte con su especie y que nos remite a nuestro origen, pero que cuando la situación le es propicia, se muestra por lo que es, un instinto que transciende toda la humanidad que inútilmente hemos creado con tanto recelo para nosotros mismos y el resto, para dar paso a la más genuina bestialidad.
Ser un cazador requiere de cierta valía, y un compromiso total con la tarea que se tiene. La vida se utiliza como una herramienta y no se le da más valor que eso. Pues si no, no sería comprensible para los mismos cazadores, como es que irremediablemente otros de su orden los acaben cazando con el paso de los años. Porque, y esta es una verdad que todo cazador y no cazador entienden sin espacio a la duda más mínima, solo bestias pueden cazar bestias.


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